
A Rye se le humedecieron las manos y, al hallar todo tan similar a como estaba cuando lo dejó, se sintió aturdido. La contempló en silencio, regodeándose en la simple familiaridad del regreso al hogar, a esa mujer, a esa casa.
Laura volvió a tapar la olla y se estiró para dejar la cuchara sobre la repisa, mientras que él imaginaba la elevación de los pechos, el color café de sus ojos y la curva de los labios.
Por fin, dio un suave golpe en la puerta abierta.
Sobresaltada, Laura Dalton miró sobre el hombro. La silueta de un hombre alto se recortaba en el vano de la puerta, rodeado por el halo de la luz del mediodía que lo iluminaba desde atrás. Distinguió los hombros anchos, una mata de pelo, un bulto colgando entre la muñeca y la cadera y los pies separados, como para aguantar un viento fuerte.
– ¿Sí?
Se dio la vuelta, secándose en el delantal y llevando una de las manos a los ojos, para protegerlos. Guiñando, se adelantó con pasos inseguros hasta que el borde del vestido quedó iluminado por la luz del sol, entraba hasta el suelo de madera. Se detuvo y vio esos ojos tan conocidos, la piel cobriza, las cejas y el cabello descoloridos… y los labios que besó por primera vez en su vida.
Contuvo una exclamación y se llevó las manos a la boca. Se le dilataron los ojos y se irguió, como golpeada por un rayo.
– ¿R-rye?
Su corazón enloqueció. Se puso pálida, y tuvo la sensación de que el cuarto giraba alrededor, bajo su mirada estupefacta. Por fin, dejó caer las manos y balbuceó, con voz ahogada:
– ¿R-rye?
El recién llegado alcanzó a esbozar una sonrisa trémula, mientras la mujer trataba de comprender lo increíble: ¡ante ella estaba Rye Dalton!
– Laura -pronunció él, ahogándose un poco antes de continuar con tono áspero por la emoción-. Después de cinco años, ¿eso es todo lo que se te ocurre decir?
