
India estaba convencida de que era así, pero Gail no compartía su opinión.
– Puede que no – espetó secamente -. Quizá lo que cuenta es que no eres tú, sino otra persona, quien toma esas fotos.
– Que lo hagan – dijo India y no se dejó convencer.
– ¿Por qué? ¿Por qué han de ser los otros los que se diviertan? ¿Por qué nos toca estar en un maldito barrio residencial y limpiar el suelo cada vez que uno de nuestros hijos derrama zumo de manzana? Me gustaría que, para variar, lo hiciera otro. ¿No crees que representaría un cambio?
– Creo que nuestra presencia es importante para nuestras familias. ¿Qué existencia llevarían los míos si estuviera en un avión destartalado volando con un tiempo de mil demonios, expuesta a que me derriben en una guerra de la que nadie ha oído hablar y que no interesa? Eso sí sería un cambio radical para mis hijos.
– Yo no estaría tan segura. – Cuando reanudaron el paseo Gail parecía desdichada -. Últimamente no dejo de pensar en las razones por las que estoy en mi casa y en lo que hago. Tal vez se debe a la menopausia o, simplemente, a que tengo miedo de no volver a enamorarme o de que al mirar a un hombre no se me acelere el pulso. Quizá lo que me altera es saber que durante el resto de mi vida Jeff y yo nos miraremos y pensaré que, aunque no es la octava maravilla, tengo que conformarme porque me ha tocado en suerte.
Era una manera deprimente de sintetizar veintidós años de matrimonio e India la compadeció.
– Las cosas no son tan sombrías y lo sabes.
India abrigaba la esperanza de que así fuese por el bien de Gail; de lo contrario, resultaría terrible.
– No tanto. Está bien, pero resulta aburrido. Jeff es aburrido. Yo soy aburrida. Nuestra vida es aburrida. Dentro de diez años tendré casi sesenta y la vida será todavía más aburrida. ¿Qué puedo esperar?
