
– Ha traído tanta ropa -dijo sin poder contenerse- que ni siquiera le cabe en el maletero.
Ella se detuvo y lo miró.
– No. Sólo he traído esas maletas.
– ¿Y qué tiene en contra del maletero? ¿Es que le da miedo romperse una uña?
– Me dedico a tocar el piano, así que no llevo las uñas largas -dijo Claire, y se irguió de nuevo, como si quisiera prepararse-. Y como ya le he dicho, vivo en Nueva York, donde no tengo coche. No sabía cómo abrir el maletero.
Wyatt entendió por qué se había preparado. Estaba esperando que él le lanzara otro ataque. Se le ocurrieron cientos de respuestas. ¿Quién no sabía abrir el maletero de un coche? Incluso su hija de ocho años sabía hacerlo.
Lo que le impidió decirle eso y más fue el hecho de que ella estuviera esperando el golpe y que, incluso sabiendo que no le caía bien, hubiera revelado un punto débil. A Wyatt no le importaba ser malicioso, pero no era un matón.
Se acercó a ella, le quitó las llaves de la mano y señaló el llavero.
– ¿Nunca había visto uno de estos? Los dibujitos le indican lo que hace cada botón.
Apretó uno y abrió el maletero.
Claire sonrió.
– ¿En serio? ¿Eso es todo? -se acercó y miró el amplio espacio-. Es enorme. Podía haber traído más maletas. ¿Hay más botones?
Ella estaba entusiasmada a un nivel que no se merecía un llavero.
– No sale mucho, ¿verdad?
Su sonrisa se hizo más amplia.
– Incluso menos de lo que usted piensa.
– Cierre de puertas, apertura de puertas, botón del pánico.
– Es genial.
Era como un niño con un juguete nuevo. Tenía que estar tomándole el pelo.
– Gracias -le dijo ella-. En serio, me sentía como una tonta en el aparcamiento de la oficina de alquiler, mirando el coche como si no supiera qué hacer -añadió, y arrugó la nariz-. Ojalá conducir hasta aquí hubiera sido tan fácil. ¿Es que la gente tiene que ir obligatoriamente tan deprisa?
