– «Jeff, tenía un aspecto demasiado bueno como para poder resistirlo. Nos veremos pronto. Papá.»

Los cuatro compartieron las risas, pero durante todo el rato Theresa permaneció sosteniendo la guitarra de su hermano a modo de escudo protector. Era la anfitriona en ese momento. Debería pedirle a Brian su chaqueta y llevarla al armario del vestíbulo.

– Vamos, Brian -dijo Jeff-, pasa a ver el resto de la casa.

Pasaron a la sala, e inmediatamente sonaron cuatro acordes estridentes en el piano. Theresa hizo una mueca y miró a Amy, que a su vez arqueó las cejas expresivamente. Era el Concierto del Espacio Exterior, de Jeff.

Contuvieron el aliento al unísono, hicieron un gesto mutuo de asentimiento y bramaron simultáneamente:

– ¡Je-e-e-eff, déjalo, por favor!

Mientras las hermanas se reían, Jeff le explicó a Brian:

– Compuse esto cuando tenía trece años… antes de hacerme empresario.

Theresa colgó su abrigo y se escabulló sigilosamente a su cuarto. Buscó una rebeca azul claro y se la echó sobre los hombros sin meter los brazos por las mangas. Luego ahuecó la rebeca para intentar que la tapara el máximo posible pero, con consternación, descubrió que apenas disimulaba su problema. «Dios mío, ¿no podré acostumbrarme nunca?», pensó. Estiró los hombros, pero sin ningún resultado, y se resignó a volver con los demás.

El recorrido por la casa se había detenido en la sala, donde Jeff había descubierto su Stella. Estaba sacándole unos acordes metálicos y tarareando un viejo blues. Mientras, Theresa reunió todo su coraje para entrar allí. Sin duda, sucedería lo mismo de siempre. Brian Scanlon apenas miraría su cara antes de que su vista descendiera hacia sus senos y el panorama le dejara traspuesto. Desde la pubertad, la escena se había repetido demasiadas veces, innumerables veces, pero Theresa no había conseguido habituarse a ello. Ese instante horrible, cuando las cejas de un hombre se arqueaban en gesto sorprendido y la boca se le abría al contemplar los desproporcionados senos que tenía, por alguna desafortunada broma de la naturaleza. Para colmo, su complexión delgada los hacía resaltar aún más.



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