
Vivir en casa a los veinticinco años traía consigo algunos inconvenientes pero, aunque a veces Theresa anhelaba vivir en otra parte, la soledad que sufriría si lo hiciese siempre la refrenaba. Sí, la casa pertenecía a su padre y a su madre. Podían invitar a quien quisieran. Y, aunque le seguía doliendo la intrusión de Brian Scanlon, se dio cuenta de lo egoístas que eran sus pensamientos. ¿Qué clase de mujer se negaría a compartir la alegría de la Navidad con alguien sin hogar ni familia?
Aun así, mientras rodaban entre el tráfico de última hora de la tarde, aumentó la aprensión de Theresa.
Estarían en casa en menos de cinco minutos, y tendría que quitarse el abrigo. Y cuando lo hiciera, sucedería lo de siempre. Y desearía escabullirse a su cuarto y llorar… como hacía con frecuencia.
Estaban abrumándola esos pensamientos, cuando Brian dijo:
– Antes de nada, quiero daros las gracias por permitirme venir con Jeff a entrometerme en vuestras vacaciones.
Theresa sintió que la culpabilidad la acaloraba, y esperó que él no estuviera mirándola cuando mintió por ser cortés.
– No digas tonterías. Hay una cama de sobra en el sótano, y nunca falta comida. Todos estamos muy contentos de que Jeff te haya invitado. Como los dos comenzasteis juntos en el grupo, siempre oímos hablar de ti cuando telefonea o escribe. Brian esto y Brian lo otro. Mamá se moría de ganas de conocerte para asegurarse de que eran buenas las compañías de «su pequeño». Pero no debes hacerle caso. Prácticamente, solía obligar a sus novias a rellenar una instancia con sus datos.
Justo entonces se metieron por una calle con una hilera de árboles a cada lado, donde las casas eran tan parecidas que casi no se podía distinguir una de otra.
– Parece que papá y mamá no han llegado aún -observó Theresa.
Una película de nieve recién caída cubría la calzada. Sólo se veían las marcas de las ruedas de un coche que salían del garaje, pero había unas huellas de persona que conducían hacia la puerta trasera.
