
– ¿No sería lógico que alguien que ha raptado y matado a una mujer joven tuviera otra actividad criminal en su historial? Normalmente estas cosas no son aberraciones, ¿no?
– Si se basa en los porcentajes, es cierto. Pero siempre hay excepciones a la regla. Además, está el dinero del papá. El dinero suaviza muchas cosas, hace que desaparezcan.
O'Shea asintió de nuevo, como si estuviera recibiendo su primera clase acerca del crimen y los criminales. Era una mala actuación.
– ¿Cuál iba a ser su próximo movimiento? -preguntó.
Bosch negó con la cabeza.
– No lo había pensado. Envié el expediente a Archivos, y eso fue todo. Luego, hace un par de semanas, bajé y lo retiré de nuevo. No sé lo que iba a hacer; quizá hablar con algunos de los amigos más recientes de Garland y ver si mencionó alguna vez a Marie Gesto o alguna cosa sobre ella. De lo único de lo que estaba seguro era de que no iba a rendirme.
O'Shea se aclaró la garganta, y Bosch supo que iba a ocuparse del motivo por el que los habían llamado.
– ¿El nombre Ray o Raynard Waits apareció alguna vez en todos estos años de investigación acerca de la desaparición de Gesto?
Bosch lo miró un momento y sintió un nudo en el estómago.
– No. ¿Debería haber aparecido?
O'Shea sacó una de las carpetas del archivo de acordeón y la abrió en la mesa. Levantó un documento que parecía una carta.
– Como he dicho, hemos hecho público que vamos a por la pena de muerte en el caso Waits -dijo-. Después del preliminar creo que se dio cuenta de que la condena está cantada. Tiene una apelación por la causa probable de la detención de tráfico, pero no llegará a ninguna parte y su abogado lo sabe. Una defensa por demencia tampoco tiene la más mínima posibilidad: este tipo es el más calculador y organizado de los asesinos que he acusado.
