
– Parece que va a ser una noche movidita -comenté.
– Oh, sí, lo será. En estos momentos es mucho mejor no andar suelto por las calles.
Cerró la puerta y se volvió a mirarme.
– Los datos contenidos en esa carpeta, ¿son ciertos?
– Es una buena historia.
– A grandes rasgos.
– ¿Significa eso que le gustaría conocer el resto?
– Necesito conocerlo.
– ¿Por qué no? -replicó con una sonrisa, se sentó ante la mesa y extendió la mano hacia la botella de Bushmills-. Claro. Además, eso me impedirá hacer travesuras durante un rato. Y ahora, ¿por dónde quiere que empiece?
Berlín – Lisboa – Londres 1943
2
El piso del brigadier Dougal Munro sólo estaba a diez minutos andando del cuartel general del SOE en Londres, en la calle Baker. Como jefe de la sección D, tenía que estar localizable las veinticuatro horas del día y, además, el teléfono normal tenía una línea de seguridad directa a su despacho. Fue ese teléfono particular el que contestó aquella tarde de últimos de noviembre, mientras estaba sentado frente a la chimenea, trabajando en unos expedientes.
– Aquí Cárter, brigadier. Acabo de regresar de Norfolk.
– Bien -le dijo Munro-. Venga a verme de camino para casa y cuénteme lo ocurrido.
Colgó el teléfono y se levantó para prepararse un whisky de malta. Era un hombre bajo y fuerte, de aspecto poderoso, con el cabello blanco y gafas con montura de acero. No era estrictamente mi profesional, y su rango de brigadier lo ostentaba por simples motivos de autoridad en ciertos lugares y a la edad de sesenta y cinco años, una edad a la que la mayoría de los hombres tenían que enfrentarse a la jubilación, incluso en Oxford. Lo cierto era que la guerra le había salvado. Aún estaba pensando en ello cuando sonó el timbre de la puerta. Acudió a abrir y dejó entrar al capitán Jack Cárter.
