
Floreana se arropa todavía más. Hace un buen tiempo que no duerme tranquila, y entrega sus esperanzas a la noche. Se siente segura; el cielo de las solitarias hará callada vigilia sobre el Albergue y los cerros.
3
– Es que las mujeres, Floreana -dice Elena mientras caminan hacia el pueblo-, ya no quieren ser madres de sus hombres… y tampoco quieren ser sus hijas.
– ¿Y qué quieren ser?
– Pares. Aspiran a construir relaciones de igualdad que sean compatibles con el afecto.
– No me parece una aspiración descabellada…
– Tampoco a mí. Pero existe una mitad de la humanidad que lo pone en duda.
– ¡Y una mitad más bien poderosa!
– Es raro esto que nos pasa… Hemos crecido, hemos logrado salir hacia el mundo, pero estamos más solas que nunca.
– ¿Por qué?
– Porque se nos ha alejado el amor.
– ¿Lo sientes así, tan rotundo?
– No es que lo sienta; lo sé. Lo veo todos los días. Creo que la desconfianza y la incomprensión entre hombres y mujeres va agigantándose. Los viejos códigos del amor ya no sirven, y los hombres no han dado, o nosotras mismas no hemos dado, con los nuevos…
