
– ¡María! -el segundo grito es igualmente sonoro-. ¡Tráete la azúcar!
Elena pide fósforos: todo el procedimiento tarda casi lo mismo que con la mantequilla. No hay caso, el azúcar no llega.
– ¿Cuánto le debo, señora Carmen?
La vieja trata de sujetar una pequeña libreta y al mismo tiempo sumar las tres pequeñas cifras con una máquina calculadora. Que no se preocupe, le dice Elena, ella sumará. Al tercer grito hacia la invisible María, Floreana empieza a taconear el suelo con su bota, enervada.
– Calma -le susurra Elena al oído-. Tienes que olvidarte de la ciudad; estamos en el tiempo del sur.
Se encuentran con un carabinero a la salida del almacén. A Floreana le sorprende la amabilidad de su trato con Elena:
– ¿Todo bien, señora Elena? ¿No se le ofrece nada?
– No, gracias, mi cabo, todo bien.
– Estamos preparando la llegada del ministro.
– ¡Qué interesante! ¿Cuándo llega?
– Dentro de diez días. Pero no se preocupe, le avisaremos a tiempo -responde pronunciando con precisión cada s y cada z.
Se lleva una mano a la gorra y se despide. En uno de sus dedos reluce un grueso anillo con una piedra roja al centro.
– El ministro es amigo mío y ellos saben que yo moví algunos hilos para que viniera -le explica Elena a Floreana; cuando termina la frase, la alcanza un anciano vestido pulcramente-. ¿De nuevo la cuenta de la electricidad, don Cristino? -Elena descifra el papel que el anciano le muestra.
– Es que alguien tiene que explicarme, pues, Elenita. El costo de un kilovatio… ¿dónde dice el costo? ¡Yo no puedo pagar estas cuentas!
– Pregúntele al ministro, don Cristino. Viene en diez días más. Usted sabe que yo no entiendo de kilovatios…
– Pero si usted entiende de todo, Elenita, no se haga la lesa.
– Le sugiero que hable con el alcalde para que le fije una audiencia, no vaya a ser que ese día no pueda conversar con el ministro.
