– El lugar es estupendo y tiene una vista privilegiada. Si lo hubieras destinado a un hotel común y corriente habrías ganado mucha plata.

– No es tan cierto. Tendría clientes sólo en verano. ¿A quién se le ocurriría pasar aquí el invierno? Pero la verdad es que ni el lucro ni la hotelería me interesaban.

Floreana constata el buen estado físico de Elena a través de la fluidez con que habla, a pesar del esfuerzo que significa subir la colina.

– ¿Cuándo te vino la idea del Albergue, entonces?

– Cuando detecté un nuevo mal: las mujeres ya no eran las mismas, pero no todos los resultados del cambio las beneficiaban.

– ¿O sea?

– O sea que, alcanzada su autonomía, se quedaron a medio camino entre el amor romántico y la desprotección.

– ¿Y eso es todo?

– No deja de ser. Los hombres se sienten amenazados por nuestra independencia, y esto da lugar al rechazo, a la impotencia… y así empieza un círculo vicioso bastante dramático.

– A este rechazo masculino siguen el desconcierto y el miedo femeninos; ¿es ésa la idea?

– Es que las mujeres viven esta lejanía como agresión, lo que a su vez produce más distancia en ellos. ¿Te das cuenta del resultado? Las mujeres se vuelcan más hacia adentro, se afirman en lo propio…

– Se quema la cara de la luna.

Elena la mira, interrogante.

– ¡Olvídalo! Es parte de la mitología del pueblo yagan.

– Bueno, el resultado es lisa y llanamente el desamor -dice Elena, categórica.

Se detiene y mira a su interlocutora con intensidad, como advirtiéndole que no bromea.

Floreana le cree. ¡Cómo no va a creerle, si lleva las marcas del desamor en sus propias espaldas!

– Me haces un diagnóstico, de acuerdo -prosigue tras unos momentos Floreana, reanudada la caminata-, pero lo que no me has respondido es qué te trajo hasta aquí.

– A ver… Todo comenzó cuando partió Fernandina. Abandoné el trabajo político y fui desarrollando a fondo mi profesión. Al trabajar con los problemas sicológicos y culturales de mis pacientes, fui descubriendo que para poder sanarlas, en este mundo tan complejo, no bastaba la actividad siquiátrica que yo podía ejercer en la ciudad; era necesario darle un carácter más sistemático al proceso de recuperación de las mujeres.



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