– Soy historiadora. Me dedico a la investigación.

– ¿Y qué haces después con tus investigaciones? -pregunta Toña.

– Las publico y terminan siendo libros que nadie lee, salvo algunos especialistas tan locos como yo.

Toña se ríe y hace unas exageradas muecas de espanto con sus labios pintados de ciruela.

– Como si nadie fuera a ver mis obras de teatro… ¡Qué frustración! O como si mis programas en la tele no tuvieran rating.

– No, no es igual… Los historiadores sabemos desde el principio que la nuestra es una vocación solitaria.

– ¿Cuál es tu especialidad? -Toña quiere saberlo todo.

– El siglo XVI chileno. También me he adentrado en el XVII… Pero el XVI es mi fuerte.

– Uy, ¡qué aburrido! ¿Por qué no elegiste algo más vivo? -los gestos de Toña son divertidos, habla con su rostro.

– A mí me parece estupendo -la interrumpe su compañera, muy compuesta en la silla, las manos entrelazadas sobre su falda-. No sé nada de historia, nada, y no me vendrían mal unas lecciones.

– Bueno -se disculpa Floreana-, la gracia está en hacerlo vivo, pero en fin, hace un par de años cambié de tema y he incursionado en otra cosa…

– ¿En cuál?

– La extinción de la raza yagana.

– ¿Qué es eso? -pregunta Angelita.

Está a punto de hablar del sur austral de Chile, de la Patagonia, cuando se abre la puerta y entra la cuarta integrante de la cabaña. Floreana no desvía ni un poco su mirada: es tal como la recuerda de las fotos en la prensa.

– Tú eres Constanza -le dice de inmediato.

La sonrisa que la otra le devuelve mientras se desprende de su chaqueta entraña siglos de reserva. Es una sonrisa melancólica, aunque su figura irradie un aplomo imposible de ignorar. Floreana aplica sobre ella una especie de radiografía: su porte altivo sobrepasa el de las demás, la espalda se mantiene orgullosamente recta y sus largas piernas se adivinan bien torneadas bajo el pantalón de franela gris. Constanza irradia un colorido castaño claro, con tenues luces casi amarillas. Pero es sobre sus uñas que Floreana fija su atención: el corte es perfecto, están delicadamente limadas y esmaltadas, y no sobra cutícula alguna. Son las uñas más cuidadas que jamás ha visto.



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