
«Pero tiene la imagen del Sagrado Corazón de Jesús», pensó procurando calmarse. No quería que sus manos empezaran a temblar y la vieja percibiese su miedo. Rezó un padrenuestro en silencio.
— Qué interesante — dijo la vieja sin apartar los ojos de la mano del muchacho. Y volvió a guardar silencio.
El chico se estaba poniendo nervioso. Sin poder impedirlo, sus manos empezaron a temblar, y la vieja se dio cuenta. Él las retiró rápidamente.
— No he venido aquí para que me lean las manos — dijo, ya arrepentido de haber entrado en aquella casa.
Pensó por un momento que era mejor pagar la consulta e irse de allí sin saber nada. Le estaba dando demasiada importancia a un sueño repetido.
— Tú has venido a saber de sueños — respondió la vieja —. Y los sueños son el lenguaje de Dios. Cuando Él habla el lenguaje del mundo, yo puedo interpretarlo. Pero si habla el lenguaje de tu alma, sólo tú podrás entenderlo. Y yo te voy a cobrar la consulta de cualquier manera.
«Otro truco», pensó el muchacho. Sin embargo, decidió arriesgarse. Un pastor corre siempre el riesgo de los lobos o de la sequía, y eso es lo que hace que el oficio de pastor sea más excitante.
— Tuve el mismo sueño dos veces seguidas — explicó —. Soñé que estaba en un prado con mis ovejas cuando aparecía un niño y empezaba a jugar con los animales. No me gusta que molesten a mis ovejas, porque se asustan de los extraños. Pero los niños siempre consiguen tocar a los animales sin que ellos se asusten. No sé por qué. No sé cómo pueden saber los animales la edad de los seres humanos.
— Vuelve a tu sueño — ordenó la vieja —. Tengo una olla en el fuego. Además, tienes poco dinero y no puedes comprar todo mi tiempo.
