
— Necesito vender lana — le dijo al comerciante.
La tienda del hombre estaba llena, y el comerciante rogó al pastor que esperase hasta el atardecer. El muchacho se sentó en la acera de enfrente de la tienda y sacó un libro de su zurrón.
— No sabía que los pastores fueran capaces de leer libros — dijo una voz femenina a su lado.
Era una joven típica de la región de Andalucía, con sus cabellos negros y lisos y unos ojos que recordaban vagamente a los antiguos conquistadores moros.
— Es porque las ovejas enseñan más que los libros — respondió el muchacho.
Se quedaron conversando durante más de dos horas. Ella le contó que era hija del comerciante y le habló de la vida en la aldea, donde cada día era igual que el anterior. El pastor le habló de los campos de Andalucía y sobre las últimas novedades que había visto en las ciudades que había visitado. Estaba contento por no tener que conversar siempre con las ovejas.
— ¿Cómo aprendiste a leer? — le preguntó la moza en un momento dado.
— Como todo el mundo — repuso el chico —. Yendo a la escuela.
— ¿Y si sabes leer, por qué no eres más que un pastor?
El muchacho dio una disculpa cualquiera para no responder a aquella pregunta. Estaba seguro de que la muchacha jamás lo entendería. Siguió contando sus historias de viaje, y los ojillos moros se abrían y se cerraban de espanto y sorpresa. A medida que transcurría el tiempo, el muchacho comenzó a desear que aquel día no se acabase nunca, que el padre de la joven siguiera ocupado durante mucho tiempo y le mandase esperar tres días. Se dio cuenta de que estaba sintiendo algo que nunca antes había sentido: las ganas de quedarse a vivir en una ciudad para siempre. Con la niña de los cabellos negros, los días nunca serían iguales.
