
Samuel Jacobs era el primero en su lista. El nombre era judío y quizá su religión podría ser un impedimento para la boda.
Conrad Peterson. El nombre le sonaba familiar, pero vivía en Nueva Zelanda y no parecía posible que pudieran verse a menudo.
El tercer nombre era Xavier O'Connell. Padre Xavier O'Connell. Su corazón se encogió al darse cuenta de que era un sacerdote. El mayor de los impedimentos.
Robert miró su reloj. Eran las once de la noche. No demasiado tarde para llamar por teléfono, pensó, mientras marcaba el número.
– Santa Catalina, ¿dígame?
– ¿Puedo hablar con el padre O'Connell, por favor?
– Es un poco tarde y el padre O'Connell se habrá retirado a descansar. ¿Podría llamarlo por la mañana?
– Me temo que no. Tengo que hablar urgentemente con él.
– Un momento, voy a ver si puede ponerse.
Un minuto después, una voz con acento irlandés contestaba al teléfono.
– ¿Dígame?
Robert apretaba el auricular con tal fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos.
– Padre O'Connell, me llamo Robert Furneval. Soy amigo de Daisy Galbraith.
– ¿Robert Furneval? -repitió el hombre-. ¿El hijo de Jennifer?
Robert había esperado un silencio abrumador, no aquella respuesta.
– ¿Conoce a mi madre?
– Sí. Nos conocimos en Hong Kong hace veinte años y lo pasamos muy bien buscando tesoros orientales. ¿Cómo está?
– Pues… muy bien, gracias.
– ¿Y Daisy? ¿Cómo está? ¿No estará enferma?
– No. Está muy bien.
– Entonces, supongo que me llamará por lo de la traducción. La estoy terminando todo lo rápido que puedo, pero me temo que no soy tan joven como antes. Me sentía muy bien hasta que cumplí los ochenta, pero desde entonces la verdad es que mis ojos no han vuelto a ser los mismos.
Robert tragó saliva.
– Estoy seguro de que no le importará esperar -murmuró.
– ¿Y tú cómo estás, hijo? -preguntó el padre O'Connell-. ¿Tienes algún problema?
