En ropa interior, con su imagen repetida desde una aterradora cantidad de espejos, Daisy casi agradeció el terciopelo amarillo que le pusieron encima.

La modista empezó a sujetar el vestido con un montón de alfileres para ajustar la pieza a las menos que generosas curvas de Daisy y, una vez satisfecha, sacudió la cabeza.

– Ya está. ¿Puede volver el lunes?

– No podría sobornarla para que se le cayese, algo sobre el vestido, ¿verdad? ¿Una taza de café, un tintero?

– ¿Por qué? ¿Es que no le gusta? -preguntó la mujer, sorprendida.

– ¿Con mi complexión? Yo nunca elegiría el color amarillo.

– Bueno, siempre hay una primera vez para todo.

– Sí. Y una última.

– Es diferente, eso es todo. Con un buen maquillaje, será una dama de honor muy guapa.

Que estuviera guapa era la fantasía de su madre, pero Daisy sabía que ni siquiera debía intentarlo. Nunca podría competir con las otras damas de honor.

– ¡Daisy! -exclamó Ginny, entrando por la puerta con su cohorte de damas de honor. Todas morenas y guapísimas. Robert lo iba a pasar en grande-. ¡Has llegado pronto!

– No, querida, tú llegas tarde.

– ¿Sí? Ah, es verdad. Hemos ido a hacernos una limpieza de cutis -rió su futura cuñada-. Deberías haber venido con nosotras.

Aquel comentario podía entenderse de muchas formas, pero Daisy estaba segura de que Ginny no lo había hecho con mala intención.

Aunque su figura dejara algo que desear, sabía que tenía una piel estupenda. Lo único malo era que una limpieza de cutis no podía arreglar una nariz y una boca demasiado grandes.


Daisy llegó a la galería sin aliento y sintiéndose un poco deprimida.

– Ah, ya estás aquí.



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