Los viajeros pasan la aduana, pocos como se calculaba, pero va a llevarles tiempo salir de ella, por ser tantos los papeles que hay que llenar y tan escrupulosa la caligrafía de los aduaneros de guardia, es posible que los más rápidos descansen los domingos. Oscurece y sólo son las cuatro, con un poco más de sombra se haría la noche, pero aquí dentro es como si siempre lo fuese, encendidas durante todo el día las menguadas bombillas, algunas ya fundidas, aquélla lleva una semana así y aún no la han cambiado. Las ventanas, sucias, dejan traslucir una claridad acuática. El aire cargado hiede a ropa mojada, a equipajes ácidos, a la arpillera de los fardos y la melancolía se extiende, hace enmudecer a los viajeros, no hay ninguna sombra de alegría en este regreso. La aduana es una antecámara, un limbo de paso, qué será allá fuera.

Un hombre canoso, seco de carnes, firma los últimos papeles, recibe las copias, se puede ir ya, salir, continuar la vida en tierra firme. Lo acompaña un maletero cuyo aspecto físico no será explicado en pormenor o tendríamos que continuar infinitamente el examen, para que no se instalara la confusión en la cabeza de quien tuviera que distinguir uno del otro, si preciso fuese, porque de éste tendríamos que decir que es seco de carnes, canoso, de piel morena, de cara afeitada, como ya de aquél se dijo, pero tan diferentes, pasajero uno, maletero otro. Carga éste la maleta grande en una carretilla metálica, las otras dos, pequeñas en comparación, se las colgó del cuello con una correa que le pasa por la nuca, como un yugo o el collar de una orden. Fuera, bajo la protección del amplio tejaroz, posa la carga en el suelo y va a buscar un taxi, no suele ser preciso, habitualmente los hay por allí a la llegada de los barcos. El viajero mira las nubes bajas, luego los charcos en el suelo irregular, las aguas de la dársena, sucias de aceite, mondas de fruta, detritus varios, y es entonces cuando repara en unos barcos de guerra, discretos, no contaba con que los hubiera aquí, pues el lugar propio de esos navegantes es alta mar, o, no siendo tiempo de guerra o de ejercicios de ella, en el estuario, amplio de sobra para proporcionar fondeadero a todas las escuadras del mundo, como antiguamente se decía y tal vez se repita aún hoy, sin cuidarse de ver qué escuadras son.



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