
Miles se sacudió de su arrobamiento. Los ojos de Elena se encontraron brevemente con los suyos y su sonrisa se desvaneció. Miles recompuso su postura alicaída y fatigada y esbozó para ella una falsa sonrisa, esperando atraer una auténtica de Elena. No demasiado pronto, sargento…
— Oh, estoy tan contenta de que hayas vuelto — le saludó Elena —. Esta mañana ha sido terrible.
— ¿Estuvo caprichoso?
— No, alegre; jugando a Strat-O conmigo y sin prestar atención. Casi le gano, ¿sabes? Ha contado sus historias de guerra y ha preguntado por ti; si hubiera tenido un mapa de la pista en la que corrías, habría estado clavando alfileres en el mapa para indicar tu imaginario progreso… No tengo que quedarme, ¿no?
— No, por supuesto que no.
Elena le dirigió una sonrisa de alivio y se alejó por el corredor, echando una mirada inquieta hacia atrás por encima del hombro.
Miles tomó aliento y atravesó el umbral del despacho del general conde Piotr Vorkosigan.
2
El viejo estaba levantado, afeitado y sobriamente vestido para la ocasión. Sentado en una silla, miraba pensativamente a través de la ventana, contemplando el jardín situado detrás de la casa. Levantó la vista con desaprobación al ser interrumpido en sus meditaciones, vio que era Miles y una ancha sonrisa se le dibujó en el rostro.
— Ah, pasa, muchacho… — Hizo un gesto hacia la silla que Miles supuso que acababa de abandonar Elena. La sonrisa de viejo se tiñó de perplejidad —. Por Dios, ¿he perdido un día en algún lado? Creí que éste era el día en que estabas marchando esos cien kilómetros de acá para allá en monte Sencele.
— No señor, no ha perdido ningún día.
