
Cuando el equipo de Skade terminó de apartar la mayor parte de la placa que rodeaba a Galiana, trasladaron a esta a una sala específica, alojada en un muro de la dársena del astropuerto. Trabajaron bajo un frío extremo, decididos a no infligir más daños de los que ya se habían producido. Entonces, con inmenso cuidado y paciencia, comenzaron a pelar la capa final de maquinaria alienígena.
Ahora que la materia que obstruía sus análisis era menor, comenzaron a hacerse una idea más clara de lo que le había sucedido a Galiana. En efecto, las máquinas negras habían entrado a la fuerza en su cabeza, pero el alojamiento parecía más benigno que con cualquier otro miembro de la tripulación. Las máquinas invasoras habían desmantelado parcialmente sus implantes para abrirse paso, pero no había señal de que hubieran dañado ninguna estructura cerebral importante. Skade tuvo la impresión de que los cubos habían estado aprendiendo hasta ese momento cómo invadir cráneos, y que con Galiana al fin habían descubierto cómo hacerlo sin dañar al huésped.
Y entonces sí que sintió una oleada de optimismo. Las estructuras negras estaban concentradas e inertes. Con las medichinas adecuadas sería posible, incluso trivial, desmantelarlas y extraerlas cubo a cubo.
Podemos hacerlo. Podemos traerla de vuelta, tal como era.
[Ten cuidado, Skade. Aún no hemos acabado].
Se demostró que el Consejo Nocturno hacía bien en ser cauto. El equipo de Skade comenzó a apartar la capa final de cubos, empezando por los pies de Galiana. Les encantó descubrir que el tejido de debajo apenas había sufrido daños, y siguieron trabajando en dirección ascendente hasta alcanzar el cuello. Confiaban en poder calentarla hasta devolverle la temperatura corporal, aunque resultase algo más difícil que un ejercicio normal de revivificación de sueño frigorífico. Pero cuando comenzaron a destapar la cara comprendieron que el trabajo no había terminado, ni mucho menos.
