
Skade sabía que no tenía sentido culpar a su cerebro por hacerle sentir náuseas. La relación entre alucinación y veneno había funcionado muy bien durante millones de años, y había permitido a sus ancestros experimentar con una dieta más amplia de lo que hubiese sido posible en caso contrario. Pero carecía de sentido allí, en la fría y peligrosa frontera de otro sistema solar. Pensaba que lo lógico hubiese sido borrar tales rasgos y recablear diestramente la topología básica, pero eso era mucho más fácil de decir que de hacer. El cerebro era holográfico y confuso, lo mismo que un programa de ordenador demasiado complicado y sin posibilidad de simplificación. Así, Skade sabía que el «apagar» la parte de su cerebro que hacía que se sintiera mareada, afectaría casi con total seguridad a otras regiones de actividad cerebral que compartían parte de la misma circuitería neuronal. Pero podría soportarlo, ya había hecho cosas similares un millar de veces y rara vez había experimentado ningún efecto colateral cognitivo.
Hecho. La región culpable parpadeó en rosa y se cayó de la red. Las náuseas desaparecieron y Skade se sintió mucho mejor.
Pero la furia por el descuido que había cometido no remitió. Cuando era agente de campo y realizaba frecuentes incursiones en territorio enemigo, no habría dejado nunca para el último momento un ajuste neuronal tan simple. Se había vuelto descuidada y eso era imperdonable. En especial ahora que la nave había regresado, un suceso que podía revelarse tan esencial para el Nido Madre como cualquiera de las recientes campañas bélicas. Ya se sentía más perspicaz. La vieja Skade seguía allí, solo necesitaba que la afilaran y le quitaran el polvo de vez en cuando.
[Skade, tendrás cuidado, ¿verdad? Está claro que a esa nave le ha pasado algo muy peculiar].
