Hacía calor. Como las ventanas del patio de San Dámaso estaban tapiadas -menos las suyas, desde luego- para evitar que miradas indiscretas fisgonearan en las íntimas estancias pontificales, reinaba un silencio tan ignorante de todo tráfago urbano, paso de carruajes o ruidos de artesanía que, cuando aquí llegaba el eco de alguna campana lejana, sonaba como música evocadora de una Roma tan distante que parecía cosa de otro mundo. El Vicario del Señor solía identificar algunos bronces por los timbres que le traía la brisa. Éste, leve, de repique apretado, era de la barroca iglesia de Gesú; aquél, majestuoso y pausado, más cercano, de Santa Maria Maggiore; aquel otro, cálido y grave, de Santa Maria sopra Minerva, en cuya selva interior de mármoles encarnados se inscribía el humano rastro de Catalina de Siena, la ardiente y enérgica dominica, apasionada defensora de su antecesor Urbano VI, el irascible protagonista del Cisma de Occidente, a quien veneraba, por combativo, él, que, cinco años antes, hubiese publicado aquel Syllabus -sin que en él figurara su firma, aunque todo el mundo supiese que el texto se alimentaba de sus alocuciones, homilías, encíclicas y cartas pastorales- donde se condenaba las pestes que eran, modernamente, el socialismo y el comunismo, tan ásperamente combatidas por su rigurosa y clara prosa latina, como las sociedades clandestinas (era decir: todos los francmasones), las “sociedades bíblicas” (aviso a los Estados Unidos de América), y, en general, los muchos núcleos clérico-liberales que harto asomaban la oreja en aquellos días. El escándalo promovido por el Syllabus había sido de tal magnitud que el mismo Napoleón III, poco sospechoso de liberalismo, había hecho lo imposible por impedir su difusión en Francia, donde medio clero, asombrado de tanta intransigencia, condenaba la encíclica preparatoria, Quanta Cura, por excesivamente intolerante y radical ¡Oh, bien pálida en su condena de todo liberalismo religioso, si se la comparaba con los casi bíblicos improperios del Papa Urbano, tan fieramente apoyados por la dominica de Siena, cuya figura le evocaba hoy, por segunda vez, el bordón de Santa María sopra Minerva!



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