¡Y pensar en lo que le había costado que le confiaran las llaves! Hubo de esperar al final de su segundo año de estudios en el Instituto para que el Comité de Formación se reuniera y condescendiera a estimarlo apto para aspirar a convertirse en un verdadero psicoanalista y tratar a su primer paciente (bajo supervisión, claro está). Y ahora todo aquello era cosa del pasado: las llaves y su orgullo y la emoción de sentir el Instituto como algo propio cuando abría la puerta…, nada había vuelto a ser igual desde aquel sábado.

Había quien se burlaba de la actitud de Gold hacia el edificio de planta circular y estilo árabe donde el Instituto había instalado su sede. Hasta aquel sábado por la mañana, Gold había presumido de aquella casa de piedra ante cualquier visitante de Jerusalén que se le pusiera a tiro. Nunca ocultó el sentimiento de pertenencia que le inspiraba aquel lugar. Estiraba los brazos como si quisiera abarcar la achaparrada construcción de dos plantas y porche circular, su gran jardín con rosales cuajados de flores a lo largo de todo el año, su doble escalinata que ascendía hasta la entrada curvándose desde ambos extremos del porche. Después, esperaba expectante los comentarios de aprobación, el reconocimiento de que el majestuoso edificio se adaptaba perfectamente a su función.

Y ahora aquella ingenuidad, la admiración sin reservas, el sentimiento de pertenecer a una tribu esotérica, el orgullo de tratar a su primer paciente, se habían desvanecido dando paso a la opresión y a la ansiedad que lo perseguían desde el «sábado negro», como lo llamaba para sí; el sábado en que se ofreció a preparar el edificio para la conferencia que iba a pronunciar la doctora Eva Neidorf, recién llegada de Chicago, donde había pasado un mes en casa de su hija.

Aquel sábado, Shlomo Gold se había acercado al Instituto sin sospechar que su vida estaba a punto de dar un giro radical. Era un sábado de marzo, el sol resplandecía, los pájaros piaban, y Gold, emocionado ante la perspectiva de ver a Eva Neidorf, había salido temprano de su casa de Beit Hakerem para arreglar el salón de actos, colocar las sillas plegables del almacén y llenar de agua el gran depósito de la cafetera.



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