El objetivo último de la S. S. era conseguir la invisibilidad. Este propósito lo impulsaba, lo impelía más allá del don que ya poseía de la invisibilidad psíquica, de ser capaz de encajar en cualquier lugar y ocasión. Ser invisible físicamente le daría carta blanca para apoderarse del mundo.

Naturalmente, la Sombra Sigilosa nunca conseguía su propósito, pues ello habría aniquilado sus posibles confrontaciones con el Hombre Puma y éste era el héroe de la historieta. Pero la S. S. vivía en la ficción y yo, en cambio, era real, de carne y hueso y acero mate. Decidí hacerme invisible.

Mis tránsitos de silencio y las películas mentales habían sido un buen entrenamiento. Sabía que mis recursos intelectuales eran soberbios y había reducido mis necesidades humanas al puro mínimo que la nulidad de mi madre se ocupaba de cubrir: techo, comida y unos dólares a la semana para incidencias. Pero la imagen de intruso callado que había llevado como escudo durante tanto tiempo me perjudicaba: carecía de habilidades sociales, no percibía a los demás como otra cosa que objetos risibles y, si quería imitar con éxito la invisibilidad psíquica de la Sombra Sigilosa, tendría que aprender a mostrarme obsequioso y estar al corriente de los temas propios de adolescentes que tanto me aburrían: deportes, citas y rock and roll. Tendría que aprender a conversar.

Y eso me aterrorizaba.

Pasé largas horas en clase, con mis películas mentales silenciadas mientras mis oídos rastreaban en busca de información; en el gimnasio escuché largas conversaciones, prolijamente embellecidas, sobre tamaños de penes. Una vez me encaramé a un árbol cerca del vestuario de las chicas y escuché las risitas que se alzaban entre el siseo de las duchas. Recogí mucha información, pero no me atrevía a actuar.

Así pues, reconozco que por cobardía tiré la toalla. Me convencí de que, aunque la Sombra Sigilosa pudiera dejar de depender de disfraces, yo no podría. El problema, así, quedaba limitado a conseguir una armadura adecuada.



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