
De modo que Larsen recorrió una tarde, a las cinco, la calle de eucaliptos, lento, de negro, planchado, limpio, digno, con un paquete de dulces colgados de un dedo, defendiendo los zapatos relucientes de los charcos de la última lluvia, pesado de trucos y seguridades, codicioso y contenido.
– Como un reloj -dijo Josefina en el portón, un poco burlona, un poco amarga; tenía un delantal nuevo, lleno de dibujos de flores y almidón.
Larsen se tocó el ala del sombrero y le ofreció la bandeja de dulces.
– Traje algo -dijo con disculpa, con modestia.
Ella no extendió un dedo para tomar el paquete por el lazo de cinta celeste como esperaba Junta; lo sostuvo con la mano, vertical, como un libro, contra la curva del muslo y miró al hombre de arriba abajo desde la sonrisa enternecida hasta las puntas de charol, incólumes.
– Megustaría no haberlo hecho -dijo-. Pero ahora lo está esperando. No se olvide de lo que le dije. Toma el té y se va, la respeta.
– Claro, mi hija -asintió Larsen; le buscó los ojos y fue ensombreciendo la cara-. Como usted quiera. Si lo prefiere, me voy desde la puerta. Usted manda, mi hija.
Ella volvió amirarlo, ahora en los ojos pequeños, plácidos, que sostenían sin esfuerzo el decoro y la obediencia. Encogió los hombros y se puso a caminar por el jardín. Con el sombrero en la mano, mirándole las caderas, la firmeza del paso, Larsen la siguió con desconfianza, inseguro de que lo hubiera invitado a entrar.
