
– Gálvez y Kunz -dijo Petrus, señalando-. La administración y la parte técnica de la empresa. Buenos colaboradores.
Irónicos, hostiles, confabulados para desconcertar el joven calvo y el viejo de pelo negro le dieron la mano con indiferencia, miraron en seguida a Petrus y le hablaron.
– Mañana terminamos con la comprobación del inventario, señor Petrus. -dijo Kunz, el más viejo.
– La verificación -corrigió Gálvez, con una sonrisa de exagerada dulzura, frotándose las puntas de los dedos-. Hasta el momento no falta un tornillo.
– Ni una grampita -afirmó Kunz.
Apoyado en el escritorio, siempre cubierto con el sombrero negro, prolongando una oreja con la mano para oír, Petrus entornó los ojos hacia la ventana sin vidrios y hacia la luz y el frío de la tarde; tenía los labios apretados y sacudía la cabeza nervioso y solemne, asintiendo puntual a cada una de las ideas que se le ocurrían.
Larsen volvió a mirar la hostilidad y la burla en las caras inmóviles de los dos hombres que aguardaban. Enfrentar y retribuir el odio podía ser un sentido de la vida, una costumbre, un goce; casi cualquier cosa era preferible al techo de chapas agujereadas, a los escritorios polvorientos y cojos, a las montañas de carpetas y biblioratos alzadas contra las paredes, a los yuyos punzantes que crecían enredados en los hierros del ventanal desguarnecido, a la exasperante, histérica comedia de trabajo, de empresa, de prosperidad que decoraban los muebles (derrotados por el uso y la polilla, apresurándose a exhibir su calidad de leña), los documentos, sucios de lluvia, sol y pisotones, mezclados en el piso de cemento, los rollos de planos blanquiazules reunidos en pirámide o desplegados y rotos en las paredes.
– Exactamente -dijo por fin Petrus con su voz de asma-. Poder dar a la Junta de Acreedores, periódicamente, sin que ellos lo pidan, la seguridad de que sus intereses están fielmente custodiados.
