
– No vengo a quejarme por el anís -dijo con voz baja y sonora-. Yo sé que en estos tiempos… ¿Pero no tiene una marca mejor? -el patrón dijo que no, arriesgó después un nombre. Larsen sacudió la cabeza con liviano desencanto; escuchaba el silencio de la mujer a su lado, el «bueno vamos es tarde se vino la lluvia» de la sirvienta en segundo plano, en un fondo remoto y presente. Nombró sin éxito marcas extranjeras, monótono, también él sin fe, como si diera una lección.
– Está bien, señor, no importa. Déjeme mirar las etiquetas.
Apoyado en el mostrador, siempre sonriente y perdonador, leyó con lentitud las letras en las botellas de los estantes. La mujer volvió a reírse y él no quiso mirarla; algo le decía que sí, el rumor de la lluvia hablaba de revanchas y de méritos reconocidos, proclamaba la necesidad de que un hecho final diera sentido a los años muertos.
– Pero yo estoy seguro, señorita, que todo se tiene que arreglar. Demorará más o menos -dijo el patrón.
Ella volvió a reírse, encogió el cuerpo hasta que la risa terminó de salir y fue modificada, absorbida, por la lluvia perezosa, seria, inflexible.
– Espérate. Tienes miedo de mojarte -dijo a la sirvienta, sin volverse; no podría saberse a quién miraba; los ojos se movían a un lado y otro, quedaban fijos dos centímetros encima de la cabeza del patrón-. Él dice que todo tiene que arreglarse. Él puso el dinero y el trabajo, la idea y los planes. Los gobiernos pasan y todos dicen que sí, que tiene razón; pero pasan y no arreglan -volvió a reír, esperó resignada a que la risa se desprendiera de sus grandes dientes salidos, estuvo removiendo los ojos con excusa e imploración-. Desde chica. Ahora parece cierto, cuestión de semanas. No me importa por mí pero todas las mañanas voy a la iglesia, con ésta a pedir que las cosas se arreglen, alguna vez, antes que él esté demasiado viejo. Sería muy triste
