

Antonio Skármeta
El Baile De La Victoria
A Jorge Manrique, Nicanor Parra y Erasmo de Rotterdam, mi trío de ases
Mientras más profundo es el azul, más convoca a los hombres hacia lo infinito, más despierta en ellos el ansia hacia la pureza y lo intangible.
WASSILY K.ANDINSKY
UNO
El día de San Antonio de Padua, 13 de junio, el presidente decretó una amnistía para los presos comunes.
Antes de soltar al joven Ángel Santiago, el alcaide pidió que se lo trajeran. Vino con el desgaire y la belleza brutal de sus veinte años, la nariz altiva, un mechón de pelo caído sobre la mejilla izquierda, y se mantuvo de pie desafiando a la autoridad con la mirada. Los granizos del temporal golpeaban contra los vidrios tras las rejas y deshacían la gruesa capa de polvo acumulado.
Tras estudiarlo de una pestañeada, el alcaide bajó la vista sobre un juego interrumpido de ajedrez y se acarició largamente la barbilla, pensando cuál sería a esta altura la mejor movida.
– Así que te vas, chiquillo -dijo con un dejo de melancolía, sin dejar de mirar el tablero. En seguida levantó el rey y colocó pensativo la pequeña cruz de su corona en la abertura de sus dientes superiores. Tenía puesto el abrigo, una bufanda de alpaca café, y muchas motas de caspa le pesaban en las cejas.
– Así es, alcaide. Me tuve que tragar dos años adentro.
– Seguro que no vas a decir que pasaron volando.
– No pasaron volando, señor Santoro.
– Pero algo de positivo tiene que haber tenido la experiencia.
– Salgo con un par de proyectos interesantes.
– ¿Legales?
El chico jugó a darle leves pataditas a la mochila donde guardaba sus pocas pertenencias. Se apartó una legaña desde la cuenca de un ojo y sonrió irónico borrando con ese gesto la veracidad de su respuesta.
