
– ¿Es usted viudo, señor Copeland?
– Sí -dije.
– Debe de ser difícil criar a una hija solo.
No dije nada.
– Sabemos que su esposa murió de cáncer y que usted ha creado una fundación para promover la investigación de esa enfermedad.
– Ajá.
– Admirable.;
Como si pudieran saberlo.
– Debe de sentirse raro -dijo York.
– ¿Por qué?
– Por lo de estar al otro lado. Normalmente es usted el que hace las preguntas, no el que las responde. Tiene que parecerle raro.
Me sonrió por el retrovisor.
– ¡Eh, York! -dije.
– ¿Qué?
– ¿Tiene un cartel o un programa? -pregunté.
– ¿Un qué?
– Un cartel -dije-. Para que vea sus anteriores papeles, ya sabe, antes de que le tocara el codiciado papel de «poli bueno».
York soltó una risita.
– Sólo digo que es raro. ¿Le ha interrogado alguna vez la policía?
Era una pregunta con trampa. Tenían que saberlo. A los dieciocho años había trabajado como monitor en un campamento de verano. Cuatro campistas -Gil Pérez y su novia Margot Green, Doug Billingham y su novia, Camille Copeland (es decir, mi hermana)- se adentraron en el bosque una noche.
Nunca volvieron a verles.
Sólo se hallaron dos de los cuatro cadáveres. Margot Green, de diecisiete años, fue hallada degollada a cien metros del campamento. Doug Billingham, también de diecisiete, apareció a un kilómetro de distancia. Tenía varias puñaladas, pero la causa de la muerte era el degollamiento. Los cadáveres de los otros dos -Gil Pérez y mi hermana, Camille- nunca aparecieron.
El caso apareció en los titulares. Wayne Steubens, un monitor de buena familia del campamento, fue arrestado dos años más tarde -tras su tercer verano de terror-, pero no hasta haber asesinado a cuatro adolescentes más. Le bautizaron como el «Monitor Degollador» y otras tonterías por el estilo. Las siguientes dos víctimas de Wayne fueron halladas cerca de un campamento de exploradores en Muncie, Indiana.
