– Ahora no aguantan tanto -dijo ella.

Lonnie arqueó una ceja.

– Eso es porque estás muy buena. No pueden controlarse. En el fondo es culpa tuya.

– Ya. -Lucy se golpeó el labio inferior con la goma del lápiz-. No es la primera vez que usas esa frase, ¿no?

– ¿Crees que necesito otra? ¿Qué te parece: «Es la primera vez que me pasa, lo juro»?

Lucy soltó un bufido.

– Lo siento, inténtalo de nuevo.

– Mierda.

Leyeron un rato más. Lonnie silbó y meneó la cabeza.

– Puede que creciéramos en una época equivocada.

– Está clarísimo.

– ¿Luce? -Loonie levantó la cabeza de los papeles-. De verdad necesitas hacerlo.

– Ya.

– Estoy dispuesto a echarte una mano. Sin ataduras.

– ¿Qué le parecería a la Deliciosa Camarera?

– No somos exclusivos.

– Claro.

– Lo que yo te propongo es algo puramente físico. Una limpieza de tuberías mutua, por decirlo gráficamente.

– Calla, que estoy leyendo.

Lonnie captó la indirecta. Media hora después, se echó un poco hacia delante y la miró.

– ¿Qué?

– Lee éste -dijo.

– ¿Por qué?

– Tú lee, ¿vale?

Ella se encogió de hombros, dejó el diario que estaba leyendo, una historia más de una chica que se había emborrachado con su nuevo novio y había acabado haciendo un trío. Lucy había leído muchas historias de tríos. Ninguna parecía producirse sin ingesta previa de alcohol.

Pero un minuto después se había olvidado de todo. Había olvidado que vivía sola y que no le quedaba familia y que era profesora de universidad o que estaba en su despacho con vistas al patio o que Lonnie seguía sentado frente a ella. Lucy Gold se había esfumado. Y en su lugar había una mujer joven, de hecho una chica, con un nombre diferente, una adolescente a punto de entrar en la edad adulta, pero todavía con mucho de adolescente:

Esto sucedió cuando yo tenía diecisiete años. Estaba en un campamento de verano. Trabajaba de MEP, que es un monitor en prácticas. No me costó mucho encontrar el trabajo porque mi padre era el dueño del campamento…



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