
Frente a la segunda muerte, la de mi esposa, me sentí indefenso y estafado y, por mucho que me esfuerce, nunca podré hacer nada para compensarla.
La directora de la escuela esbozó una sonrisa de falsa preocupación con su boca excesivamente pintada y se dirigió hacia los dos policías. Se puso a hablar con ellos, pero ninguno de los dos se molestó siquiera en mirarla. Observé sus ojos. Cuando el policía alto, sin duda el jefe, vio mi cara, se detuvo. Ninguno de los dos se movió durante un segundo. Ladeó muy ligeramente la cabeza, convocándome fuera de aquel paraíso seguro de risas y volteretas. Mi asentimiento fue igual de leve.
– ¿Adónde vas? -preguntó Greta.
No quiero parecer cruel, pero Greta era la hermana fea. Ella y mi amada y difunta esposa se parecían; saltaba a la vista que eran hijas de los mismos padres. Pero todo lo que funcionaba físicamente en Jane no lograba el mismo resultado en Greta. Mi esposa tenía una nariz prominente que la hacía parecer sexy. Greta tiene una nariz prominente que sólo parece eso, grande. Los ojos de mi esposa, bastante separados, le daban un atractivo exótico. En Greta, tanta separación hace que se parezca a un reptil.
– No estoy seguro -dije.
– ¿Trabajo?
– Podría ser.
Echó un vistazo a los probables policías y después me miró.
– Iba a llevar a Madison a almorzar a Friendly's. ¿Quieres que me lleve a Cara?
– Sí, le encantará.
– También puedo recogerla después de la escuela.
– Sería de gran ayuda -contesté.
Greta me besó suavemente en la mejilla, algo que hace muy pocas veces. Me dirigí a la salida, acompañado por las carcajadas infantiles. Abrí la puerta y salí al pasillo. Los dos policías me siguieron. Los pasillos de las escuelas tampoco cambian nunca. Tienen una especie de eco de casa encantada, un extraño semi-silencio y un vago pero perceptible olor que calma y enerva al mismo tiempo.
