
– No -dijo Leo a su espalda.
– ¿Qué ocurre? -Se volvió para mirarlo. Era alto, de hombros esbeltos y cara redondeada, con las mejillas barbilampiñas. Tenía la frente fruncida por el nerviosismo.
– Ese gesto -contestó el eunuco con delicadeza-. No te rindas al frío como haría una mujer.
Ella se volvió con un gesto brusco, furiosa consigo misma por haber cometido un error tan tonto. Estaba poniéndolos a todos en peligro.
– ¿Todavía estás segura? -preguntó Simonis con voz quebradiza-. No es demasiado tarde para… para cambiar de idea.
– Lo voy a hacer bien -dijo Ana con firmeza.
– No puedes permitirte el lujo de cometer errores, Anastasio. -Leo utilizó deliberadamente el nombre que ella había decidido adoptar-. Te castigarían por hacerte pasar por un hombre, aunque sea un eunuco.
– En ese caso, no deben descubrirme -repuso ella con sencillez. Siempre había sabido que iba a ser difícil. Pero por lo menos había una mujer que lo había logrado en el pasado. Se llamaba Marina, y había ingresado en un monasterio como eunuco. Nadie descubrió el engaño hasta después de su muerte.
Estuvo a punto de preguntarle a Leo si quería regresar, pero sería como insultarlo, y él no se merecía tal cosa. De todas maneras, necesitaba observarlo e imitarlo.
La barca llegó al muelle y el remero se puso en pie con esa soltura peculiar de quienes están acostumbrados al mar. Era joven y bien parecido. Lanzó una maroma alrededor del puntal y acto seguido, sonriente, saltó a los tablones del embarcadero.
