Ana hizo un alto y dejó un momento su carga en el suelo.

– Hemos de buscar un lugar para pasar la noche. Por lo menos para dejar nuestras pertenencias. Y necesitamos comer. Han pasado más de cinco horas desde que desayunamos.

– Seis -señaló Simonis-. Jamás en mi vida había visto tanta gente.

– ¿Quieres que te lleve eso? -ofreció Leo, pero su semblante revelaba cansancio, y ya cargaba mucho más peso que Simonis y Ana.

A modo de respuesta, Simonis recogió su bulto y reemprendió la marcha.

Un centenar de pasos más adelante, encontraron una posada excelente en la que servían de comer y que contaba con buenos colchones rellenos de plumas de ganso y provistos de sábanas de lino. Cada habitación tenía una bañera bastante grande y una letrina con un desagüe de azulejos. Costaba ocho follis por persona y por noche, sin incluir las comidas. Era bastante cara, pero Ana dudó de que hubiera otras mucho más baratas.

Ana temía salir por si cometía otro error: otro gesto femenino, otra expresión de mujer, o incluso una falta de reacción de algún tipo. Bastaría una única metedura de pata para que la gente se fijara en ella y tal vez viera lo que la diferenciaba de un eunuco auténtico.

En una taberna tomaron un almuerzo a base de mújoles frescos y pan de trigo, y formularon unas cuantas preguntas discretas acerca de alojamientos más baratos.

– Ah, más hacia el interior -les dijo en tono jovial un comensal de otra mesa. Era un individuo menudo y de pelo gris, vestido con una túnica gastada que no le llegaba más allá de las rodillas. Llevaba las piernas vendadas con tela a modo de abrigo, pero dicho vendaje no le estorbaba para trabajar-. Cuanto más hacia el oeste, más baratos son los alojamientos. ¿Sois extranjeros aquí?

No había motivo para negarlo.

– De Nicea -le respondió Ana.

– Yo soy de Sestos -repuso el hombre con una sonrisa desdentada-. Pero todo el mundo termina viniendo aquí, tarde o temprano.



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