
El displicente «a fe que ya veremos» con que respondió el otro, acomodándose, se tornó ahora expresión de receloso respeto cuando el capitán apareció en las gradas, don Francisco se encogió de hombros señalando el asiento ocupado, y mi amo clavó al intruso los dos círculos de escarcha glauca de sus pupilas. La mirada del individuo, un menestral adinerado -arrendador de los pozos de nieve de Fuencarral, creí entender luego- a quien la espada colgante de su pretina le cuadraba lo que a un Cristo un arcabuz, fue de los ojos helados del capitán al mostacho de soldado viejo, y luego a la cazoleta de la toledana, toda llena de mellas y marcas, y a la vizcaína cuya empuñadura asomaba detrás de la cadera. Después, sin decir palabra y mudo como una almeja, tragó saliva y, pretextando solicitar un vaso de aguamiel a un alojero, se hizo a un lado, ganándole medio espacio a otro vecino, y dejó a mi amo la totalidad del asiento libre.
– Creí que no llegabais -comentó don Francisco de Quevedo.
– Tuve un tropiezo -repuso el capitán, acomodando la espada al sentarse.
Olía a sudor y a metal, como en tiempo de guerra. Don Francisco reparó en la manga manchada del jubón.
– ¿La sangre es vuestra? -preguntó solícito, enarcando las cejas tras los lentes.
– No.
Asintió grave el poeta, miró a otra parte y no dijo nada. Como él mismo había sostenido alguna vez, la amistad se nutre de rondas de vino, estocadas hombro con hombro y silencios oportunos. Yo también observaba a mi amo, preocupado, y éste me dirigió un vistazo tranquilizador, esbozando un apunte de sonrisa distraída bajo el mostacho.
– ¿Todo en orden, Iñigo?
– Todo en orden, capitán. ¿Qué tal estuvo el entremés?
– Fue bueno. Daca el coche, se llamaba. De Quiñones de Benavente, y reímos hasta llorar.
No hubo más parla, porque en ese momento callaban las guitarras.