
Bruto se levantó de su mesa.
– César, tengo una cita.
– Pues acude a ella -respondió plácidamente el Gran Hombre.
– ¿Significa eso que el gusano Matinio nos ha seguido hasta Rodas? -preguntó Calvino en cuanto Bruto se fue.
– Eso me temo. -Los claros ojos azules, inquietantes a causa del aro negro que envolvía cada iris, se contrajeron-. ¡Anímate, Calvino! Pronto nos libraremos de Bruto.
Calvino le devolvió la sonrisa.
– ¿Qué planeas hacer con él?
– Instalarlo en el palacio del gobernador en Tarso, que es nuestro próximo y último destino. No se me ocurre castigo más idóneo para Bruto que obligarlo a trabajar para Sextio, que no lo ha perdonado por apropiarse de dos legiones de Cilicia y llevárselas al servicio de Pompeyo Magno.
En cuanto César dio la orden de trasladarse, todo se precipitó. Al día siguiente zarpó de Rodas rumbo a Tarso con dos legiones completas y unos tres mil doscientos veteranos reunidos de los restos de sus antiguas legiones, principalmente la Sexta. Con él fueron ochocientos soldados de caballería germanos, sus queridos caballos de Remi y el puñado de guerreros ubíes que habían combatido con ellos como lanceros.
Echada a perder por las atenciones de Metelo Escipión, Tarso atravesaba tiempos difíciles bajo el control de Quinto Marcio Filipo, hijo menor del sobrino político de César y suegro de Catón, el indeciso y epicúreo Lucio Marcio Filipo. Habiendo recomendado al joven Filipo por su buen criterio, César se apresuró a poner a Publio Sextio otra vez en la silla curul del gobernador y nombró a Bruto legado suyo, y al joven Filipo su procuestor.
