Torció sus labios en una sonrisa y le dijo a Jim Rogers:

– En vista de que no vas a beneficiarte de este testamento, no hay razón para que no puedas actuar de testigo.

– Es un placer -dijo Jim. Firmó rápidamente.

– Lo mismo para usted, Zachary, viejo picapleitos.

Zachary se levantó rápidamente. Los papeles cayeron en cascada al suelo. Murmurando por lo bajo, los recogió, y luego se dirigió a la mesa. Se sentó y se ajustó los lentes.

– Ahí tiene -dijo, garrapateando su nombre en la parte de abajo del papel-. Ahí tiene. No significa nada para mí. Nada en absoluto, tras todos estos años de encargarme de sus asuntos.

– Gracias. Muchas gracias -dijo Braun con ironía-. Ahora váyanse, por favor -miró a su esposa, acurrucada en la silla en el rincón-. Esto también se refiere a ti, Lidia. Quiero estar solo.

Trampa para una chica

Nikki había estado haciendo sus planes durante los largos silencios habidos mientras ella y Ellery se dirigían hacia la Casa de Salud, y al cruzar la galería olvidó deliberadamente el resentimiento que sentía hacia él para ponerlos en marcha.

Al abrir la puerta, se encontró en un gran salón de recepción. A la derecha, detrás de una mesa sobre la que había una placa con el nombre de Señorita Norris, un tablero de interruptores y cierto número de publicaciones Braun, estaba sentada una guapa muchacha rubia de la misma edad de Nikki aproximadamente. Un poco detrás de la mesa había una puerta que daba a una oficina privada. Sobre el entrepaño Nikki leyó: Claude L. Zachary. Gerente.

La chica de la mesa alzó la vista de una revista que estaba leyendo.

– Soy la señorita Norris. ¿Puedo ayudarla?

– Tengo una cita con el doctor Rogers.



28 из 110