Pisó la mullida alfombra. Qué raro, pensó, que aquel salvaje hubiese salido corriendo de esa manera. Alguien debía de haberle asustado -pero ¿quién?-. Podría haber salido de la puerta de la izquierda, o de la puerta en arco de la derecha.

Se dirigió hacia el gabinete, miró y, al ver la estatua, se sobresaltó. Era demasiado real, pensó, acercándose más para tocarla. Debía ser el señor Braun. No era extraño que Barbara… No había puerta en el gabinete, así que decidió que aquel hombre zarrapastroso debió de entrar por el otro lado.

Pasó de puntillas por el lado del escritorio hacia la puerta opuesta y aplicó el oído al entrepaño.

– ¿Dejando totalmente fuera a Barbara? -ésa era la voz de Jim. Nikki, de pronto, se sintió excitada Era como escuchar el diálogo de una película sin ver la pantalla.

– Completamente.

– Muy bien. ¡Ahora me puedo casar con ella!

Jim, otra vez.

Alguien estaba hablando ahora en voz baja, demasiado baja para oír lo que decía. Había un murmullo de voces. Alguien se estaba enfadando.

– Ése es el tipo de gratitud que debía haber esperado de usted. Vamos, Connie, igual podríamos tratar de tirar de un tren de carga.

Nikki se retiró precipitadamente al gabinete. Tuvo el tiempo justo de meterse detrás de la estatua del nicho antes de que se abriese la puerta del dormitorio. Escuchó el clic que hizo al cerrarse y luego la voz de un hombre.

– Bueno, éste es un buen lío, maldita sea. ¿Por qué no le convenciste, Connie?

– Hice todo lo que pude, ¿no, Rocky? -la voz de la chica era quejumbrosa.

– Supongo que sí. Pero no vamos a renunciar a una fortuna como ésta sin lucha Dame tiempo. Tendré alguna idea. Las ideas son mi trabajo. Estoy lleno de ellas. Dame tiempo y ya surgirá alguna.



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