En lo alto de las escaleras, el alienígena volvió a quedar momentáneamente desconcertado. Probablemente vivía en un mundo típico de ciencia ficción, lleno de puertas que se apartaban automáticamente. Estaba encarado con la fila exterior de puertas de vidrio; se abrían usando tiradores tubulares, pero él no parecía comprender ese hecho. Segundos después de su llegada, salió un muchacho, sin saber al principio lo que sucedía, dejando escapar un grito de asombro al ver al extraterrestre. El alienígena tomó con calma la puerta abierta con uno de los miembros —empleaba seis para caminar, y dos adyacentes como brazos— y se las arregló para penetrar en el vestíbulo. A poca distancia tenía una segunda pared de puertas de vidrio; esa cámara de aire intermedia permitía que el museo controlase la temperatura interior. Como ya conocía el funcionamiento de las puertas terrestres, el alienígena abrió una de las puertas interiores y entró con un correteo en la Rotonda, el enorme vestíbulo octogonal del museo; era un símbolo tan característico del RMO que la revista trimestral para socios se llamaba Rotonda en su honor.

A la izquierda de la Rotonda se encontraba la Sala de Exposición Garfield Weston, que se usaba para exhibiciones especiales; en esos momentos contenía la exposición dedicada a Burgess Shale que yo había ayudado a preparar. Las dos mejores colecciones del mundo de fósiles de Burgess Shale se encontraban en el RMO y en el Smithsonian; pero normalmente ninguna de las instituciones los exponía al público. Yo había conseguido una combinación temporal de ambas colecciones para ser expuesta primero en el RMO y luego en Washington.

El ala del museo a la derecha de la Rotonda solía albergar nuestra desaparecida y lamentada Galería de Geología, pero ahora contenía la tienda de regalos y la cafetería; uno de los muchos sacrificios que el RMO había realizado bajo la administración de Christine Dorati para convertirse en una «atracción».



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