Se levantó y descorrió las cortinas. Había nevado durante la noche. El cielo todavía estaba gris, aún no se divisaba el sol en el horizonte.

Una mujer embutida en ropa de abrigo pasó calle abajo en bicicleta. Karsten la siguió con la mirada mientras se preguntaba a qué temperatura estarían. A cinco grados bajo cero, quizá siete. No mucho menos.

Se vistió y bajó a la recepción en el lento ascensor. Había estacionado el coche en el patio del hotel. Allí estaba seguro. Sin embargo, se había llevado las cámaras junto con las fundas a la habitación, como hacía siempre. Su peor pesadilla consistía en meterse en el coche y comprobar que las cámaras habían desaparecido.

La recepcionista era una mujer joven, casi una adolescente. Se percató de que iba mal maquillada y desestimó presentar una reclamación por la cama. Después de todo, jamás volvería a ese hotel.

En el comedor había unos cuantos huéspedes que leían el periódico. Por un instante se sintió tentado de sacar la cámara y tomar una foto de aquel salón silencioso. En cierto modo, le hacía experimentar una Suecia que siempre había sido así exactamente. Personas calladas, inclinadas sobre diarios y tazas de café, cada uno con sus pensamientos y sus destinos.

Desechó la idea, se sirvió un café y un huevo cocido, y se preparó un par de bocadillos. Puesto que no había ningún periódico disponible, desayunó rápido. Detestaba estar solo sentado a una mesa sin tener nada que leer.

Fuera hacía más frío de lo que había imaginado. Se puso de puntillas para ver el termómetro que había en la ventana de la recepción. Once grados bajo cero.



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