
– No oigas las irreverencias de tu Tito -pedía mi abuela-. Sergio, eres un insensato.
– Nunca he pretendido otra cosa -contestaba el abuelo como quien encuentra un elogio.
Era un sueño ese abuelo. Nos sentaba alrededor de la mesa del desayuno y hacía concursos de todo. Ninguno tan frecuente como el que premiaba a quien consiguiera batir por más tiempo la mezcla de azúcar y café soluble que iba volviéndose blanca entre más durara la paciencia de quien la movía.
"La paciencia es un arte. Apréndanla, que premia siempre."
Y había que tener paciencia para esperarlo toda la jornada en el consultorio con tal de oír por la noche, camino de su casa, un cuento del "Caballo alas de oro".
El día en que vimos llegar el primer hombre a la impávida luna, lo pasamos oyendo el recuerdo de sus viajes en tren, en carretela, en barco, en autos a los que había que darles cuerda y aviones que parecían de papel. Luego, frente a la televisión, su silencio reverencial fue de tal modo elocuente que nadie se atrevió a interrumpirlo.
"Hemos pisado la luna, que era sólo para soñarla. ¡Qué maravilla!”; celebró. Después fue hasta el jardín en busca de una caja con hormigas caminando sobre la arena que había traído del campo esa mañana. "Habría que dejarlas pasearse por un pedazo de queso y preguntarles qué sienten”.
Siempre fue un atleta, y hasta el final conservó los brazos fuertes y los hombros erguidos. Tenía un andar fácil y una curiosidad sin rivales. Nadie como él para oír penas de amores y convertirlas en olvido. El recuerdo de sus abrazos largos aún me alegra en mitad de una tarde, muchos años después de haberlo visto cabalgar entre palmeras, seguro de que no tenía ochenta años, mientras se empeñaba en hacerme entender que lo importante es la llama, no el bien amado.
"La gente siempre irá y vendrá como le parezca. Tú quédate contigo. En paz y sin agravios. Verás que viene mejor de lo que se va."
