
Pulsó un botón y la pantalla se quedó en blanco.
Me lo quedé mirando, apenas creyendo lo que acababa de pasar.
– Sookie -dijo, tratando de sonreír. Tenía los colmillos replegados, por lo que no estaba del humor que había esperado encontrarle; no pensaba en mí carnalmente. Al igual que los demás vampiros, sus colmillos se extendían completamente sólo cuando estaba lujuriosamente predispuesto para el sexo o para alimentarse y matar. A veces, ambos tipos de lujuria se entremezclan, y así es como acaban muertos todos los colmilleros, aunque, si alguien me pregunta, pienso que a éstos lo que les atrae es precisamente el peligro. Si bien se me ha acusado de ser una de esas patéticas criaturas que revolotean alrededor de los vampiros con la esperanza de atraer su atención, sólo me relaciono con un vampiro (al menos voluntariamente): el que estaba sentado justo delante de mí. El mismo que me guardaba secretos. El mismo que apenas se alegraba de verme.
– Bill -dije fríamente. Algo se estaba cociendo, a fuego alto, y no era precisamente la libido de Bill («libido» estaba en mi calendario de la palabra del día).
– No has visto lo que acabas de ver -dijo con calma, mirándome con sus ojos castaño oscuro sin parpadear.
– Vaya, vaya -repliqué, quizá un poco pasada de sarcasmo-. ¿Qué te traes entre manos?
– Tengo una misión secreta.
No sabía si echarme a reír o dejarlo allí plantado. Así que me limité a alzar las cejas y esperar más datos. Bill era el inspector de la Zona Cinco, una de las divisiones vampíricas de Luisiana. Eric, jefe de dicha división, nunca le había hecho un encargo a Bill que tuviera que ocultarme. De hecho, yo solía formar parte del equipo de investigación, aun a pesar de que muchas veces no fuera por voluntad propia.
