
“-Me han vendido -murmuró-. ¡Todo se sabe!
– Todo se sabe al fin -repuso Porthos, que nada sabía.”
Hizo que el secretario tomase nota de aquello, ordenó incluir el libro en el sumario, y fue a reunirse con un hombre alto que fumaba junto al alféizar de una ventana abierta.
– ¿Qué le parece? preguntó al llegar a su lado.
El hombre alto llevaba la placa de policía colgada en un bolsillo de su chaqueta de cuero. Tardó en responder el tiempo necesario para apurar la colilla que tenía entre los dedos, antes de arrojarla por la ventana sin mirar atrás.
– Cuando es blanca y viene embotellada, suele tratarse de leche -respondió por fin, críptico, mas no tanto como para que el juez no apuntara una sonrisa; a diferencia del policía, él sí miraba la calle, donde seguía lloviendo con fuerza. Alguien abrió una puerta al otro lado de la habitación, y la ráfaga de aire le trajo gotas de agua contra el rostro.
– Cierren esa puerta -ordenó sin volverse. Después le habló al policía-: Hay homicidios que se disfrazan de suicidios.
– Y viceversa -matizó tranquilo el otro.
– ¿Qué opina de las manos y la corbata?
– A veces temen arrepentirse a última hora… De otro modo las tendría atadas a la espalda.
– Eso no cambia las cosas -opuso el juez-. El cordón es fino y resistente. Una vez perdido pie, ni con las manos libres tenía la menor oportunidad.
– Todo es posible. Con la autopsia sabremos más.
El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver. El agente de las huellas digitales se levantaba con el libro en las manos.
– Es curioso lo de esa página.
El policía alto se encogió de hombros.
