
– ¿Ahora qué hacemos? -preguntó Pugliese, poniéndose el sombrero. Parecía más bajo con sombrero.
– Vamos a informar al jefe. Le decimos que un tipo equívoco, miembro del partido y amigo de los SS, y también de la hija del conde Tedesco, que entre nosotros es sólo un miembro del cuerpo diplomático de la República y amigo personal del inspector Garziani, ha sido asesinado y castrado no se sabe por quién, con un arma que no está. Ojalá hubiera sido sólo una criada celosa, que además lleva tres días ausente de una casa donde se han hecho las camas esta mañana. Todo esto según el testimonio indirecto de un portero a quien se le ha ocurrido desaparecer para ir a un recado, aunque tuviera a la policía y un crimen en casa. ¿Qué cree que va a decir el jefe?
– ¿Que qué va a decir el jefe de la Policía? -repitió Pugliese, con una sonrisa irónica.
– Lo que voy a decir yo ahora. -De Luca se sacó la placa del impermeable y se la enseñó abierta a un miliciano, que se acercaba con aire amenazador-. Quítate de en medio, chico -dijo-. No nos toques los huevos, déjalo correr.
CAPÍTULO DOS
– ¿Dejarlo correr? Estás loco, De Luca, pero ¿qué dices?
El jefe de la policía se levantó de la butaca y dio la vuelta al escritorio, plantándose delante de De Luca, incómodamente sentado en una silla de madera, tieso como un imputado, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirando al suelo.
– A ver, ha habido un delito, un delito gordo, y nosotros no podemos dejarlo correr… Has hecho tanto por pasarte a la comisaría y ahora me vienes con estas chorradas… ¿Pero qué bicho te ha picado?
