Dio la vuelta también él alrededor del escritorio y se detuvo junto al jefe. Era un hombre menudo, de aspecto nervioso, con el cabello azabache alisado hacia atrás con brillantina. De Luca los miró largamente, en silencio, luego asintió.

– De acuerdo -dijo-, descubro quién ha matado a Rehinard. ¿Y luego?

– Luego lo arrestas. Le pones las esposas y lo llevas a la cárcel… es tu trabajo, ¿no?

– ¿Aunque sea un conde?

– Aunque sea un conde.

– ¿Aunque sea alemán?

Vitali hizo una mueca, estirando los finos labios:

– A un alemán no, por supuesto… pero eso es evidente.

– Es evidente… -el jefe hizo de eco-. Pero ahora basta de charlas y ponte manos a la obra. Te ocupas solamente de este caso y tienes un coche en dotación, con todos los hombres que quieras… el Federal ha puesto la Milicia a disposición para ayudar en lo que haga falta.

Vitali hizo chocar los tacones novísimos con un chasquido sonoro, inclinó la cabeza y luego se quedó rígido.

– ¡Comisario De Luca! -gritó-, ¡la Italia fascista tiene los ojos puestos en usted! ¡Saludo al Duce!


Albertini estaba quieto delante de la puerta del edificio, en la calle, y abrió mucho los ojos cuando vio a De Luca llegar en coche, seguido por un camión lleno de hombres de la Milicia, que se detuvo con un chirrido metálico de frenos, subiéndose a la acera. De Luca bajó e hizo un gesto a un militar graduado, que se acercó corriendo.

– ¿Ya ha llegado el médico? -preguntó a Albertini.

– Ya ha llegado y ya se ha ido. Ha hablado con el inspector.

– Bien. ¿Ha aparecido el abrecartas?

– ¿El abrecartas? Ah, el arma del delito… No, ni rastro. Perdone, comisario, pero ¿quiénes son éstos?

– Están aquí para ayudarnos -dijo De Luca-, máxima colaboración. -Le señaló la puerta al sargento-. Revuélvanlo todo y tráiganme esa arma, y si no la encuentran en la casa busquen por la calle. La quiero para esta tarde. ¿Pugliese todavía está arriba?



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