curtida por el sol de la sierra, que estalla hacia dentro y quema sin dorar. Las arrugas verticales, profundas, largas como cicatrices, surcaban sus mejillas de arriba abajo, pero no elaboraban complejas telarañas de hilos finos al borde de los ojos. Allí también eran pocas, hondas, decididas, propias de un rostro tallado con un cuchillo, la herramienta del tiempo escultor que había escogido un buril más fino, quizás también más impío, para trabajar en la cabeza de mi padre.

Julio Carrión González nació en una casa de Torrelodones, pero murió en un hospital de Madrid, con la piel muy blanca, una hija médico intensivista en la cabecera de su cama, y todos los cables, todos los monitores, todos los aparatos del mundo alrededor. En algún momento, mucho antes de engendrarme, su vida empezó a diverger de la de aquellos hombres, aquellas mujeres, entre los que había crecido y que le habían sobrevivido, esos vecinos del pueblo que habían venido a su entierro como si vinieran de otro tiempo, de otro mundo, de un país [17] antiguo que ya no existía, que yo había conocido y sin embargo no era capaz de recordar. Todo había cambiado también para ellos, yo lo sabía. Sabía que si llegaban a tiempo, si tenían a alguien cerca con un coche o un teléfono y la capacidad de pensar deprisa, ellos también morirían rodeados de cables, de monitores, de aparatos. Sabía que la costumbre de salir de casa sin abrigo, sin medias, sin bolso, en zapatillas, no tenía por qué estar relacionada con el saldo de sus cuentas corrientes, que engordaban desde hacía años gracias el éxodo sistemático de madrileños que eligen abandonar la ciudad, y pagan cualquier precio por un prado que antes apenas daba de sí para alimentar a una docena de ovejas. Lo sabía, y sin embargo vi en sus caras morenas, en sus cuerpos arbóreos, en la pana desgastada de sus pantalones y el pitillo que algunos sujetaban entre los labios como un desafío, una imagen antigua de pobreza profunda, una imagen cruel de España en las rodillas desnudas de esas mujeres que apenas se protegían del frío con una chaqueta de lana que sujetaban sobre el pecho con los brazos cruzados.



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