
O, por ejemplo, una vez me dijo: «Si quieres columpiarte y ya hay gente en los columpios, nunca debes empujarlos para que se bajen. Tienes que preguntarles si puedes columpiarte tú. Y entonces has de esperar hasta que hayan acabado».
Pero cuando otras personas te dicen lo que no puedes hacer, no lo hacen de esa manera. Así que yo decido lo que voy a hacer y lo que no.
Aquella tarde fui a la casa de la señora Shears y llamé a la puerta y esperé a que contestara.
Cuando abrió la puerta sostenía una taza de té y llevaba zapatillas de piel de borrego y había estado viendo un concurso en la tele porque el televisor estaba encendido y oí que alguien decía: «La capital de Venezuela es… a) Maracas, b) Caracas, c) Bogotá o d) Georgetown». Y yo sabía que era Caracas.
La señora Shears me dijo:
– Christopher, la verdad es que no me apetece verte en este momento.
– Yo no maté a Wellington -dije.
Y ella dijo:
– ¿Qué haces aquí?
– Quería decirle que yo no maté a Wellington. Y también que quiero averiguar quién lo mató.
Se le derramó un poco de té sobre la alfombra.
– ¿Sabe usted quién mató a Wellington? -pregunté.
No contestó a mi pregunta. Tan sólo dijo:
– Adiós, Christopher. -Y cerró la puerta.
Entonces decidí hacer un poco de detective.
Vi que la señora Shears me estaba mirando, esperando a que me fuera, porque la veía de pie en el vestíbulo, al otro lado del cristal esmerilado de su puerta de entrada. Así que recorrí de vuelta el sendero y salí del jardín. Entonces me volví y vi que ya no estaba de pie en el vestíbulo. Me aseguré de que no hubiera nadie mirando y salté la tapia, y anduve junto a la casa hasta el jardín de atrás y el cobertizo donde guardaba las herramientas de jardinería.
