
Evidentemente, era un mal momento, y la policía debía de estar en entredicho después de que se cometiera un asesinato tan horrible ante sus ojos y las cámaras de televisión. Esto implicaba que los medios de comunicación escudriñarían cada detalle de su investigación. Lo mejor, decidió Harry, era intentar dejar sus sentimientos a un lado y limitarse a responder lo mejor posible a las preguntas que le hicieran. Nada sabía excepto lo que les había dicho al principio, y no tardarían en comprobarlo.
CINCO
– ¿Cuándo se afilió al Partido Comunista, señor Addison? -Roscani se inclinó hacia adelante, con una libreta de notas bajo la manga.
– ¿Al Partido Comunista?
– Sí.
– No soy miembro de ningún partido comunista.
– ¿Desde cuándo es miembro su hermano?
– No sabía que lo fuera.
– ¿Niega que lo fuera?
– No niego nada. Pero, como sacerdote, lo habrían excomulgado…
Harry no daba crédito a lo que oía. ¿A qué venía aquello? Quería levantarse y preguntarles de dónde habían sacado esas ideas y de qué diablos estaban hablando. Pero no lo hizo; permaneció sentado en su silla, en medio de un gran despacho, procurando guardar la compostura y cooperar.
Delante de él había dos escritorios colocados en ángulo recto. Roscani estaba sentado ante uno de ellos. Una fotografía enmarcada de su esposa y tres muchachos adolescentes descansaba junto a un ordenador cuya pantalla estaba atiborrada de iconos de colores brillantes. Detrás del otro escritorio había una mujer atractiva de cabello rojo que transcribía todo cuanto decían, como la estenógrafa de un juzgado, en otro ordenador. El sonido del teclado era como un staccato apagado por el ruido que producía un viejo aparato de aire acondicionado situado bajo la ventana ante la que se hallaba Pio, apoyado en la pared, con los brazos cruzados, sin la menor expresión en el rostro.
