
Y mientras tanto, Turner no podía evitar pensar si Dios lo castigaría, porque todo en lo que podía pensar era:
Yo no.
Ah, Leticia. Tenía tanto que agradecerle.
Veamos. ¿Por dónde empezar? Por supuesto, estaba la pérdida de su reputación. Sólo el demonio sabía cuántas personas eran conscientes de que le había puesto los cuernos.
Varias veces.
Luego estaba la pérdida de su inocencia. Era difícil recordarlo en ese momento, pero una vez le había dado a la humanidad el beneficio de la duda. En general, había creído lo mejor de las personas -que si trataba a los demás con honor y respeto, ellos harían lo mismo respecto a él.
Y luego estaba la pérdida de su alma.
Porque mientras retrocedía, juntando las manos rígidamente tras él mientras escuchaba al sacerdote enviar el cuerpo de Leticia al suelo, no podía escapar del hecho de que había deseado aquello. Había querido librarse de ella.
Y no iba -no lloraría su muerte.
– Es una pena -susurró alguien a sus espaldas.
La mandíbula de Turner se contrajo. Aquello no era una pena. Era una farsa. Y ahora pasaría el próximo año vistiendo de negro por una mujer que había llegado a él llevando el hijo de otro hombre. Lo había hechizado, atormentado hasta que no había podido pensar en otra cosa que no fuese poseerla. Había dicho que le quería, y había sonreído con suave inocencia y deleite cuando él le había declarado su devoción y prometido su alma.
Ella había sido su sueño.
Y más tarde su pesadilla.
Perdió al bebé, el que había apresurado el matrimonio. El padre fue un conde italiano, o al menos es lo que Leticia decía. Estaba casado, o era poco conveniente, o quizás ambas cosas. Turner había estado preparado para perdonarla; todos cometían errores, ¿y no quiso él también seducirla antes de su noche de bodas?
Pero Leticia no había querido su amor. No sabía qué demonios quería, poder, quizás, la embriagadora sensación de satisfacción cuando otro hombre caía bajo su hechizo.
