
– ¡Tú tienes pecas! -gritó.
Fiona retrocedió como si la hubiesen abofeteado.
– Las pecas se van. Las mías se irán algún día antes de que cumpla los dieciocho. Mi madre me pone jugo de limón todas las noches. -Resopló por la nariz con desdén-. Pero no hay remedio para ti, Miranda. Tú eres fea.
– ¡No lo es!
Ambas chicas se giraron para ver a Olivia, que había vuelto del aseo.
– Oh, Olivia -dijo Fiona-. Sé que tú y Miranda sois amigas porque vive muy cerca y compartís las lecciones, pero debes admitir que no es demasiado bonita. Mi mamá dice que nunca conseguirá un marido.
Los ojos azules de Olivia brillaron peligrosamente. La única hija del conde de Rudland siempre había sido excesivamente leal, y Miranda era su mejor amiga.
– ¡Miranda conseguirá un marido mejor que el tuyo, Fiona Bennet! Su padre es un barón mientras que el tuyo es un simple señor.
– Ser la hija de un barón no marca mucha diferencia a menos que una tenga belleza o dinero -recitó Fiona, repitiendo las palabras que obviamente había oído en casa-. Y Miranda no tiene ninguno de los dos.
– ¡Cállate, estúpida! -exclamó Olivia, golpeando el pie contra el suelo-. Ésta es mi fiesta de cumpleaños, y si no puedes ser amable, ¡te irás!
Fiona tragó saliva. Sabía bien que no debía ofender a Olivia, cuyos padres tenían la categoría más alta de la zona.
– Lo siento, Olivia -murmuró.
– No te disculpes conmigo. Discúlpate con Miranda.
– Lo siento, Miranda.
Miranda se quedó en silencio hasta que por fin Olivia le dio una patada.
– Acepto tus disculpas -dijo a regañadientes.
Fiona asintió y se fue corriendo.
– No puedo creer que la llamaras estúpida -dijo Miranda.
– Tienes que aprender a defenderte sola, Miranda.
– Me estaba defendiendo sola bastante bien antes de que aparecieses, Livvy. Sólo que no en voz tan alta.
