– ¿Y cómo es que los Genaros no están cansados de hablar? -pregunté.

– Porque son mucho más pendejos que las mujeres -replicó secamente.

– ¿Y tú, Gorda? ¿Tú también estás cansada de hablar?

– No te podría decir -eludió solemnemente-. Cuando estoy contigo no me canso, pero cuando estoy con las hermanitas me siento cansadísima, igual que ellas.


Durante los siguientes días, los cuales pasaron sin acontecimientos, resultó obvio que las hermanitas estaban completamente enemistadas conmigo. Los Genaros a duras penas me toleraban. Sólo la Gorda parecía alinearse conmigo. Me causó sorpresa. Se lo pregunté antes de volverme a Los Ángeles.

– No sé cómo es posible, pero estoy acostumbrada a ti -admitió-. Es como si tú y yo estuviéramos unidos, y las hermanitas y los Genaros estuvieran en un mundo distinto.

II. VIENDO JUNTOS

Durante varias semanas después de mi regreso a Los Ángeles experimenté repetidamente una leve sensación de incomodidad, que la explicaba como causada por un mareo o como una repentina pérdida del aliento causada por cualquier esfuerzo físico agotador. Culminó todo esto una noche en que desperté aterrorizado, sin poder respirar. El médico al que fui a ver diagnosticó mi problema como hiperventilación, probablemente debida a tensión nerviosa. Me recetó un tranquilizante y sugirió que respirara dentro de una bolsa de papel si el ataque se repetía de nuevo.

Decidí volver a México para pedir consejo a la Gorda. Le dije cuál era el diagnóstico de mi médico; calmadamente, ella me aseguró que no se trataba de ninguna enfermedad, sino que al fin y al cabo estaba yo perdiendo mis salvaguardas, y que lo que experimentaba era "la pérdida de mi forma humana" y el ingreso a un estado de separación con los asuntos humanos.

– No le hagas lucha -aconsejó-. Nuestra reacción normal es asustarnos y pelearnos con todo esto. Al hacerlo, lo alejamos. Deja los temores a un lado, y sigue la pérdida de tu forma humana paso a paso.



24 из 325