
Las mujeres -especialmente doña Soledad- chocaron violentamente conmigo desde el primer encuentro. Fueron, no obstante, el instrumento que produjo una catarsis en mí. Mi contacto con ellas me llevó a una efervescencia misteriosa en mi vida. A partir del momento en que las conocí, cambios drásticos tuvieron lugar en mi pensamiento y en mi comprensión.
Sin embargo, nada de eso ocurrió en un plano consciente: si acaso, después de visitarlas por primera vez me descubrí más confuso que nunca, pero no obstante, dentro del caos encontré una base sorprendentemente sólida. Gracias al impacto de nuestro enfrentamiento descubrí en mí, recursos que jamás imaginé poseer.
La Gorda y las tres hermanitas eran ensoñadoras consumadas; voluntariamente me dieron consejos y me mostraron sus propios logros. Don Juan había descrito el arte de ensoñar, como la capacidad de utilizar los sueños ordinarios de uno y de transformarlos en una conciencia controlada mediante una forma especializada de atención, que don Genaro y él llamaban la segunda atención.
Yo esperaba que los tres Genaros me enseñarían sus logros en el otro aspecto de las enseñanzas de don Juan y don Genaro: “el de acechar”: Este me había sido explicado como un conjunto de procedimientos y actitudes que le permitían a uno extraer lo mejor de cualquier situación concebible. Pero todo lo que los Genaros me dijeron acerca de acechar no tenía ni la cohesión ni la fuerza que yo había anticipado. Concluí que los hombres no eran en verdad practicantes de ese arte o que, simplemente, no querían mostrármelo.
Suspendí mis indagaciones para permitir que todos ellos pudieran sentirse a gusto conmigo, pero tanto los hombres como las mujeres se imaginaron, puesto que ya no les formulaba preguntas, que al fin yo actuaba como nagual. Cada uno de ellos exigió mi guía y mi consejo.
Para acceder a esto me vi obligado a llevar a cabo una recapitulación total de todo lo que don Juan y don Genaro me habían enseñado, y de penetrar aún más en el arte de la brujería.
