– ¡Espera!

Lentamente, al oír la voz de Simon, se dio la vuelta.

– ¿Has dicho algo? -preguntó, arrastrando las palabras.

Simon tomó aire por la nariz tres veces, los labios apretados por la rabia. Se obligó a relajar la mandíbula y se rascó la lengua con la parte superior del paladar, intentando recordar la sensación de hablar bien. Al final, justo cuando el duque estaba a punto de volverlo a rechazar, abrió la boca y dijo:

– Soy tu hijo.

Escuchó como la niñera Hopkins soltaba un resoplido de alivio y en los ojos de su padre vio algo que no había visto nunca. Orgullo. No demasiado pero, en el fondo, brillaba una chispa de orgullo; eso le dio a Simon un poco de esperanza.

– Soy tu hijo -repitió, un poco más alto-. Y no q…

De repente, se le cerró la garganta. Y le entró el pánico.

«Puedes hacerlo. Puedes hacerlo»

Pero notaba un nudo en la garganta, la lengua le pesaba y se le empezaron a cerrar los ojos.

– Y no q-q-q…

– Vete a casa -dijo el duque, en voz baja-. Aquí no hay sitio para ti.

Simon sintió el rechazo de su padre hasta la médula, sintió una punzada de dolor que le invadía el corazón. Y, mientras el odio nacía en su interior y se reflejaba en sus ojos, hizo una reverencia.

Si no podía ser el hijo que su padre quería, juraba por Dios que sería todo lo contrario…

CAPÍTULO 1

Los Bridgerton son, de lejos, la familia más prolífica de las de altas esferas sociales de Londres. Tanta productividad por parte de la vizcondesa y el difunto vizconde es de agradecer, a pesar de que la elección de los nombres sólo puede de calificarse de banal. Anthony, Benedict, Colin, Daphne, Eloise, Francesca, Gregory y Hyacinth; el orden alfabético, obviamente, resulta beneficioso en todos los aspectos, aunque uno podría creer que los padres deberían ser lo suficientemente inteligentes como para reconocer a sus hijos sin necesidad de alfabetizarlos.



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